EL MARQUES DESNUDO
El marqués desnudo
El Marqués es práctico. Si de proposiciones matrimoniales se trata, la petición de mano de Charles Draysmith es tan romántica como los páramos en diciembre. Puede que Emma Peterson sea tan sólo la hija de un párroco y él el flamante Marqués de Knightsdale, y puede que él realmente prefiera casarse con ella solo para no tener que soportar el mercado matrimonial. Pero cuando Charles da a entender cuánto disfrutaría de procurarse un heredero, pues… lo que una dama puede soportar tiene un límite…
Pero la dama es apasionada. Hay algo en el espectáculo de una mujer lanzando cerámica a la cabeza de un hombre que despierta el interés del Marqués. Tal vez a la proposición le faltó gracia, piensa Charles. Pero sí que parece una solución perfecta. Él obtiene una esposa, sus jóvenes protegidas, la madre que tanta falta les hace y Emma gana seguridad y una posición. ¿Lo ves? Simple, práctico, sensato… ¡ay no, el perro de cerámica no…!
Deberá confesar la verdad para apaciguarla. Y la verdad es que está locamente enamorado…
Capítulo 1
«¿Por qué diablos tuvo que morir Paul?»
La lluvia resbalaba por el cuello del Mayor Charles Draysmith, quien, de pie en el ancho camino de grava que conducía a la casa, miraba fijamente la inmensa fachada de arenisca que se alzaba ante él. No quería entrar.
Se había demorado cuanto le había sido posible en Londres, en reuniones con el abogado, con los banqueros de Paul, ocupándose de todos los detalles de la sucesión… y odiando cada maldito minuto. Cada «sí, milord» arrancaba otro pedazo de su vida.
Gracias a un anónimo ladrón italiano, ahora el marqués de Knightsdale era él.
Una ráfaga le empapó el capote, enviando más lluvia a deslizarse como una cascada desde su cuello. No podía quedarse eternamente de pie allí fuera como un idiota. Pronto llegaría la tía Bea, con sus carruajes, sus sirvientes y su gata sobrealimentada, y empezarían los preparativos para la fiesta[1].
«Dios.» Al día siguiente una horda de jóvenes aristócratas vírgenes, acompañadas de sus madres invadiría Knightsdale. Un profundo temor se apoderó de él y el sudor le humedeció las palmas de las manos, exactamente como antes de cada una de las batallas en las que había luchado en la Península. Quería dar media vuelta y echar a correr.
Dio un paso al frente y golpeó la puerta.
—Buenos días, milord.
—¿Son buenos, Lamben?
Charles dejó que el mayordomo se encargara del sombrero y el abrigo mojados. Diez años habían transcurrido desde la última vez que había visto a aquel hombre; en la boda de Paul. Nuevas líneas de expresión enmarcaban la boca y los ojos de Lambert y su cabello comenzaba a escasear.
Indudablemente, el hombre también advertía cambios en Charles. La última vez que había estado en casa apenas acababa de salir de la universidad; ahora era un hombre de treinta años, envejecido por la sangre y la sordidez de la guerra.
—Envíe a alguien para que se ocupe de mi caballo, por favor.
—Enseguida, milord. ¿Lady Beatrice viene con usted?
—No, yo me adelanté. Yo… ¿qué es ese alboroto?
Charles podría jurar que había oído un estruendo de artillería a lo lejos.
—Creo que es la señorita Peterson, milord, con Lady Isabelle y Lady Claire.
—¿Qué diablos están haciendo?
Charles dio unos pasos hacia las escaleras. El ruido provenía de uno de los pisos superiores.
—Juegan a los bolos, milord. En la galería larga.
«Bolos», pensó Charles. «¿Cómo es posible que las niñas estén jugando a los bolos? Aún son unas criaturas.»
Oyó un nuevo estruendo, seguido de alaridos. ¿Se habría lastimado alguien? Echó a correr, subiendo los escalones de dos en dos. Si mal no recordaba, en la galería larga había pesados bustos de mármol de los antepasados de la familia Draysmith. Si alguno de ellos llegaba a caer sobre una criatura… ¿Y esos ladridos? ¿Encima había un perro? ¿Qué tenía en la cabeza la tal señorita Peterson? Recordaba a Nana y a la institutriz… ¿era Peterson el apellido de la institutriz? No podía ser. Si no, seguramente lo habría recordado, porque era el apellido del párroco. Había supuesto que sus sobrinitas estaban en buenas manos. Por lo visto, se había equivocado. Pues bien, la tal señorita Peterson pronto se hallaría buscando otro empleo.
Llegó a la galería larga justo a tiempo para ver a un pequeño terrier blanco y negro llevarse por delante el pedestal que sostenía el busto del tío abuelo Randall.
Emma Peterson dio un salto para evitar que cayera la estatua, en el preciso instante en que un hombre rugía en las escaleras. La sorpresa al oír una voz masculina casi hizo que ella misma derribase la fea estatua. No podía ser que el señor Lambert hubiese dejado entrar a un loco en la casa…
—¿Qué demonios cree que está haciendo, mujer, permitiendo a ese animal correr a sus anchas por la casa? Alguna de las niñas a su cargo podría haber sido aplastada.
Emma se puso rígida. ¿Quién se creía ese hombre para venir con palabrotas y críticas? Se subió las gafas sobre la nariz. ¿Acaso lo conocía? Su voz le sonaba vagamente familiar. Si tan sólo se acercase un poco.
¿En qué estaba pensando? Debería estar echándolo escaleras abajo y fuera de la casa. No era demasiado alto, pero sus hombros anchos y su aire de mando dejaban entrever que estaba acostumbrado a salirse con la suya. ¿Qué pasaría si efectivamente demostraba ser una amenaza? Si gritaba, ¿alguien la oiría a tiempo para acudir en su ayuda?
—Prinny no quería hacernos daño, señor.
La valiente Isabelle hizo frente al intruso, echando hacia atrás sus hombros angostos, aunque al mismo tiempo se acercó a Emma.
—Por supuesto que no quería hacernos daño. —La pequeña Claire rodeó con sus brazos el cuello de Prinny—. Eres un perro bueno, ¿no es cierto, Prinny?
Tras lanzar un ladrido, Prinny lamió la cara de la niña.
—¿Prinny? ¡Válgame Dios, Prinny[2]! Tal vez sea un perro bueno, señorita, pero su lugar no está corriendo por todas partes aquí dentro.
—Señor. —Emma se sintió satisfecha al escuchar la firmeza de su propia voz, que no tembló ni se quebró en absoluto. Se irguió cuan alta era, aunque su altura era insignificante—. Señor, debo pedirle que se retire. De inmediato.
—¿Usted debe pedirme a mí que me vaya? En breve seré yo quien se lo ordene.
Emma tragó saliva. Jesús, se estaba acercando.
—Isabelle, Claire, venid aquí, queridas.
El hombre se detuvo.
—¿Isabelle y Claire?
—Así es —contestó Emma levantando la barbilla.
Ahora estaba lo suficientemente cerca como para poder verlo con claridad. Tenía la cara bronceada por el sol y llevaba muy corto el cabello, castaño y rizado. Parecía mayor, más fuerte, más seguro de sí que aquel a quien había visto brevemente y de lejos en la boda del difunto marqués, pero aun así Emma supo que era él. Nunca podría olvidar esos ojos: de color azul claro, como lagos, bordeados de oscuras pestañas. Charles Draysmith, aquel muchacho a quien había idolatrado, aquel hombre por quien había suspirado, estaba de regreso en Knightsdale.
—¿Estas son mis sobrinas?
Charles miró fijamente a las niñas. La mayor —Isabelle— aparentaba unos nueve años. Era delgada, de cabello rubio casi blanco, fino y lacio, pómulos altos y tenía unos ojos verdes iguales a los de Paul. La otra niña aún era regordeta, con las curvas propias de la primera infancia, pero ya no era una criatura. Tenía el mismo cabello de Charles, salvaje y rizado.
Claire, la menor, se llevó los pequeños puños a las caderas —ademán que Charles juraría haber visto innumerables veces en Nana cuando era un muchacho— y adelantó la barbilla.
—¿Eres un hombre malo?
—¡Claire! —La mujer frunció el ceño—. Es vuestro tío Charles, el nuevo marqués de Knightsdale.
Charles estudió a la institutriz. ¿Cómo sabía quién era él? Bueno, los sirvientes debían haber estado aguardando su llegada: había avisado que él y la tía Bea estaban en camino, de modo que no hacía falta ser un genio para deducir su identidad. Sin embargo, no lo había reconocido al principio o no le habría ordenado salir de la casa. Reconocía que la muchacha tenía agallas. Había sabido mantenerse en sus trece ante sus gritos. En el ejército más de un soldado había palidecido frente a su mal genio.
Pese a ser apenas unos centímetros más alta que Isabelle, el aspecto de la mujer no era en absoluto infantil. Para nada. Charles levantó bruscamente la mirada para estudiar su rostro. Tenía el cabello rubio oscuro, del color de la miel tibia y aún más rizado que el de él, la cara salpicada de pecas y los ojos color marrón dorado, bordeados por largas pestañas oscuras…
—¿Enana? —preguntó Charles, atónito al reconocerla y conteniendo la risa. Era imposible que esa fuera Emma Peterson, la hija del párroco, la niñita flaca y con aire desamparado que solía andar pegada a sus talones como un cachorro perdido. Pese a las burlas de los demás muchachos, nunca había tenido el valor de rechazarla—. Perdón. Quería decir señorita Peterson. ¿Usted no es la institutriz de las niñas, verdad?
—No, milord. La institutriz, la señorita Hodgekiss, tuvo que marcharse con urgencia a casa de su familia para atender a su madre enferma. Yo sólo estoy reemplazándola.
Un delicado rubor coloreó sus mejillas. No lo miraba a los ojos. La mirada de Charles se agudizó. Su instinto le decía que la señorita Emma Peterson todavía abrigaba vestigios de su antigua adoración por él. Interesante. La encontraba atractiva. Tal vez estaba frente a la solución de su problema. ¿Y si le proponía matrimonio? Sin duda podía irle peor. Si ella aceptaba la proposición antes de la maldita fiesta, no tendría que pasar los próximos días huyendo de la jauría nupcial.
Charles sintió que Claire le tiraba de la manga.
—La señorita Hodgekiss teme que su mamá se muera. —Los grandes ojos castaños se alzaron hacia él, mirándolo con fijeza—. Mi mamá murió en una montaña en «Itlalia».
—Italia. Tu madre y tu padre murieron en las montañas de Italia.
Charles tuvo que aclararse la garganta. Nunca le había gustado demasiado Cecilia, la esposa de Paul. Era hermosa y superficial, como tantas otras señoritas de sociedad. Enredó sus dedos en la maraña de rizos de Claire y miró de reojo a Isabelle. Las niñas no parecían desconsoladas. No le sorprendía. Según le habían dicho sus amigos el duque de Alvord y el conde de Westbrooke, Paul y Cecilia no habían sido padres excesivamente afectuosos. La mayor parte del tiempo la habían pasado en Londres o en las mansiones que sus amigos tenían en la campiña inglesa.
—¿Ahora nuestro papá eres tú?
—¡Claire, no seas tonta! —Isabelle la miró enojada—. Tío Charles no nos quiere. Él quiere formar su propia familia.
Charles oyó que la señorita Peterson lanzaba un hondo suspiro. También él se sentía como si acabasen de propinarle un puntapié en el estómago. Era cierto, nunca había pensado demasiado en esas niñas —qué va, si había venido con la idea de encontrar a un par de bebés de pecho— pero de ahí, a no quererlas…
—Soy vuestro tío, Isabelle. El hermano de vuestro papá. De modo que vosotras dos sois mi familia y éste es vuestro hogar. Claire tiene razón: ahora yo soy como un padre para vosotras.
Charles sonrió al notar que la tensión en los hombros de la mayor de las niñas cedía un poco. Sin duda podía ser para sus sobrinas la misma clase de padre que había sido Paul.
—Habladme de vuestro perro… Prinny, ¿así se llama, verdad? No se parece mucho a nuestro príncipe regente. —Las únicas partes que Charles alcanzaba a ver del perrito blanco y negro eran la cola, corta y gruesa, y las patas traseras. El resto estaba como metido a presión entre la pared y el pedestal del tío abuelo Randall—. ¡Oye, fuera de ahí!
Prinny dejó de escarbar la base de la pilastra, estornudó y sigilosamente se dirigió a investigar las botas de Charles.
—Prinny es el perro de la señorita Peterson, papá.
—Claire, querida, Lord Knightsdale es vuestro tío, no vuestro papá.
Claire empezó a hacer pucheros.
—¡Pero no quiero un tío!, ¡quiero un papá!
Charles se arrodilló, para quedar a la altura de la niña y poder mirarla de cerca. Detrás de su expresión testaruda notó la incertidumbre y el miedo. Había visto esas mismas emociones en los ojos de muchos niños en España y Portugal. Pese a pertenecer a una rica familia inglesa, Claire no era más que una niña.
—Algunas personas podrían confundirse si me llamaras papá, Lady Claire. Además, no sería bueno que te olvidaras de tu verdadero papá, ¿no crees?
El labio inferior de Claire temblaba mientras mantenía sus bracitos cruzados con fuerza sobre el pecho.
—Quiero un papá. ¿Por qué no puedes ser tú mi papá? Y la señorita Peterson puede ser mi mamá.
Charles se sentía como tambaleándose al borde del abismo. Un paso en falso y Claire rompería a llorar.
—¿Qué tal si me llamas tío Charles cuando estemos con otra gente y papá Charles en privado?
—¿En privado?
—Cuando estemos tú y yo solos… o con Isabelle o la señorita Peterson. ¿Aceptarías ese trato?
Claire se mordió el labio inferior, luego dibujó una amplia sonrisa y rodeó con sus brazos el cuello de Charles. Como un reflejo, Charles la abrazó para evitar caer de espaldas.
La piel de Claire era suave como la de un bebé. Charles sintió que los rizos de la niña le hacían cosquillas en la mandíbula. Cuando lo besó en la mejilla el aliento de Claire olía a leche y avena. Charles sintió una extraña ternura en el pecho.
—«Ace’taría» eso, papá Charles —dijo Claire y se volvió para abrazar a Prinny.
Aja, de modo que entre él y el perro no había tanta diferencia. ¿Acaso todos los niños serían tan generosos con su afecto? Le echó una ojeada a Isabelle. No, no todos los niños eran iguales.
—Si quieres, tú también puedes llamarme papá Charles, Isabelle.
—Tengo nueve años, tío. Ya no soy un bebé.
—No, claro que no.
Desearía que lo fuera. Estaba siempre demasiado erguida, demasiado tiesa. Le recordaba a sus jóvenes soldados antes de la primera batalla. A los nueve años se es demasiado joven para comportarse como un adulto.
—¿Creéis que podríais prestarme por un rato a la señorita Peterson? Me gustaría hablar dos palabras con ella.
—Por supuesto —dijo Isabelle.
La señorita Peterson parecía estar reprimiendo una sonrisa. Bien. La quería con una disposición favorable hacia él.
—Isabelle, ¿podrías llevar a Claire a vuestro cuarto?
—Claro, señorita Peterson.
—¿Podemos llevarnos a Prinny, mamá Peterson?
Al ver la expresión de la señorita Peterson, Charles se mordió el labio para no reír. Estaba claro que se sentía incómoda con el nuevo nombre que le había dado Claire, pero no quería herir los sentimientos de la pequeña.
—Está bien, siempre y cuando os aseguréis de que no moleste a Nana.
—Prinny no «mole’taría» a Nana, ¿verdad, Prinny?
El perro lanzó un par de agudos ladridos y lamió la cara de Claire.
—¿Ves, mamá Peterson? Prinny es un perro muy listo.
—Sí, bueno, también puede ser un tanto excitable.
—A Nana le gusta Prinny, señorita Peterson —dijo Isabelle—. Sólo finge que la enoja.
—No creo que estuviera fingiendo cuando Prinny volcó el florero y le empapó el vestido, Isabelle.
—Pero fue sin querer. —Claire acarició la oreja de Prinny—. Él sólo quería oler esa gran rosa roja.
—Sólo aseguraos de que esta vez no se acerque a las flores de Nana.
—Sí, señorita Peterson, lo haremos. Vamos, Claire.
La voz aguda de Claire se oía a través de la galería mientras se alejaba brincando hacia las escaleras.
—Creo que papá Charles va a ser un papá muy bueno, ¿no lo crees, Isabelle? Tiene unos ojos muy bonitos y rizos como los míos.
Con una amplia sonrisa, Charles miró a Emma, que estaba colorada.
—Mis disculpas, milord. Claire todavía es muy pequeña. Estoy segura de que sus modales mejorarán.
—Oh, no estoy ofendido. Mi cabello es terriblemente rizado… muy parecido al de usted. —Recorrió con la mirada los rizos de ella. Emma había intentado dominarlos, peinándolos hacia atrás para mantener la cara despejada, pero algunos habían escapado. Se ruborizó aún más, de un modo muy atractivo—. Y no me opongo a tener unos ojos bonitos… ¿a usted le gustan, señorita Peterson?
—¡Milord! —El rojo de su cara se hizo aún más vivo.
Él sonrió, ofreciéndole el brazo.
—¿Me acompaña a mi despacho? Querría que me hablase de mis sobrinas. Como quizás haya notado, no me he mantenido demasiado al corriente de sus vidas.
Tras un instante de duda, Emma apoyó sobre la manga de él unos dedos ligeramente temblorosos, que Charles cubrió con su mano. Eran tan pequeños, tan delicados. Emma nunca le había parecido una niña delicada —quizás porque siempre se había empeñado en seguirles el ritmo a él y a sus amigos—. Pero ya no era una niña. Deslizó la mirada sobre su pecho. En absoluto. Y por cierto que sus preciosos senos no eran pequeños, aunque apostaría a que eran de una belleza exquisita. Un delicioso puñado, aunque cubierto por un vestido insípido. Sus dedos estaban deseando desabotonarlo y revelar las maravillas que ocultaba.
Una repentina lujuria hizo que una parte de su cuerpo, que normalmente no era pequeña, se agrandase todavía más.
Apartó los ojos, reprimiendo una sonrisa.
De pronto su futuro le parecía mucho más prometedor.
Emma bajó, junto a Charles, las escaleras hacia el despacho. Experimentaba emociones desordenadas. Se había enojado y asustado al verlo irrumpir de esa manera, pero al comprender quién era… bueno, no sabía qué había sentido.
Aún debería estar enojada. Lo había estado los cuatro últimos meses, durante los cuales él no había hecho ni un simple viaje desde Londres para visitar a sus sobrinas. No es que las niñas lo hubiesen extrañado; por desgracia estaban acostumbradas al abandono. Pero mientras descendía esa larga escalinata Emma admitió para sí que ella se había sentido desilusionada.
Oh, les había hecho una breve visita, apenas unas pocas horas, cuando los restos del marqués y la marquesa habían sido depositados en la cripta familiar. Pero antes de que se apagaran los ecos de la última plegaria, había regresado a Londres a toda prisa. Y desde entonces, ni una visita más. ¿Por qué? ¿Qué le había sucedido a este hombre? ¿Acaso la guerra era la culpable de un cambio tan drástico? Indudablemente, el muchacho que ella había conocido no habría ignorado así a sus sobrinas.
Recordaba el día en que lo había conocido. ¿Recordarlo? ¡Jesús! Atesoraba ese recuerdo, que evocaba cada vez que se sentía sola, triste o desanimada.
En aquel entonces tenía seis años. Su padre acababa de tomar posesión como párroco de la iglesia de Knightsdale y ella extrañaba su antigua casa, sus viejos compañeros de juego, todo aquello que le era familiar. La soledad le dolía en el cuerpo. En el bosque cercano a la iglesia había hallado un buen tronco junto al arroyo y se había arrellanado allí para llorar hasta cansarse. Pero las lágrimas sólo habían empeorado su dolor de estómago.
Y entonces, Charles había entrado silbando en el mundo de esa niñita. Lo había oído antes de verlo. De no haber estado rendida de tanto llorar, habría intentado esconderse. Pero el chico ya se había detenido frente a ella con las manos en la cintura.
Era sólo cuatro años mayor que ella, muy flaco y con rizos castaños. Pero bajo la luz del sol que inundaba el bosque a través del follaje, le había parecido una especie de dios. Con un sonido de asco había sacado del bolsillo un mugriento pañuelo.
«Ánimo», le había dicho, al tiempo que le restregaba la cara. «Deja ya de lloriquear. No querrás que todos piensen que eres un bebé, ¿verdad? Vamos, puedes ayudarme a buscar salamandras.»
Se había enamorado de él en ese preciso instante y así había sido desde entonces.
Miró esa mano que cubría la suya. Ninguno de los dos llevaba guantes. El peso de su palma tibia y el contacto de esos dedos fuertes, ligeramente callosos, alteraron de un modo extraño la respiración de Emma. Sintió una sorprendente necesidad de volver la mano y entrelazar sus dedos pequeños con los de él.
Él no estaba a su alcance. Lo sabía. Siempre lo había sabido, incluso veinte años atrás al mirarlo fijamente en el bosque. Charles había sido hijo y hermano de marqueses —y ahora él era el marqués— mientras que ella sólo era la hija del párroco, tan común como una de esas florecillas llamadas «botón de oro» que abundaban en los campos de Knightsdale. Aun así, ella se había apegado a él como un cachorro, feliz de tener algunos restos de su atención. Cuando él dejó Knightsdale para ir a la escuela, ella había llorado de nuevo; y tampoco esa vez las lágrimas habían conseguido aliviar el doloroso vacío que sentía en el estómago.
Y luego, la muerte de su madre, la obligación de cuidar de su hermanita Meg y de su padre. Ya no tenía tiempo para tontos sueños románticos.
Echó una ojeada al perfil de Charles mientras llegaban al vestíbulo de entrada. Pese a no haber tenido tiempo para soñar y a que sus sueños no tenían sentido, ella había soñado.
La última vez que él había estado en Knightsdale, ella tenía dieciséis años. Aún no había debutado socialmente. Era aún demasiado joven para ser invitada al baile de bodas del hermano de Charles. No tan joven, sin embargo, como para no desear desesperadamente estar allí y tal vez bailar una pieza con Charles.
Había hecho la cosa más audaz —lo único audaz, en realidad— de su vida. Se había deslizado a hurtadillas por la ventana y a través de los bosques hasta la terraza de Knightsdale. Oculta en las sombras, había observado a los hombres vestidos de lino blanco y traje de etiqueta negro y a las mujeres que lucían joyas y coloridos vestidos.
Había visto a Charles salir a la terraza en compañía de una dama de Londres. Emma había clavado los ojos en ella. Llevaba un vestido que se adhería a cada curva, con un escote peligrosamente pronunciado sobre sus generosos senos. Era asombrosamente, sobrecogedoramente hermosa. Y luego Charles había tomado a esa dama en sus brazos, besándola, mientras sus manos vagaban libremente por el cuerpo de ella.
Al contemplar la escena Emma se había sentido muy rara: agitada, incómoda. Avergonzada, mala… palpitante y febril. Había regresado corriendo a la parroquia, como si la persiguiese el mismo Satanás.
Miles de veces había soñado con ese beso, pero en sus sueños la mujer entre los brazos de Charles era ella.
Bien, ahora ya debía estar curada de ese mal. Retiró su mano del brazo de él cuando entraron al despacho. Pese al esmero de los sirvientes, la habitación aún olía a restos de lumbre y a polvo. Hacía más de un año que el marqués —el anterior— había visitado la finca por última vez.
—Señorita Peterson, mis disculpas si la he asustado allá arriba.
Con un gesto, Charles le indicó un asiento junto al fuego. Prefirió permanecer de pie, obligándolo a hacer lo mismo. Él le lanzó una mirada perpleja. Emma entrelazó con fuerza las manos delante de ella.
—Milord, han pasado cuatro meses desde que su hermano y su esposa murieron y sus sobrinas quedaron huérfanas. ¿Por qué ha tardado tanto en venir a casa?
Charles se encogió de hombros.
—¿A casa? —Su boca se puso tensa y bajó los ojos hacia el escritorio. Cuando levantó la vista de nuevo su cara no expresaba emoción alguna—. Las niñas estaban en buenas manos. Hablé con el padre de usted en el funeral. Nana estaba aquí y también la institutriz. ¿Para qué querrían ver a un tío que para ellas era un extraño? Y, sinceramente, pensaba que todavía eran unas criaturas.
—¿Cómo pudo haber pensado eso? Isabelle tiene nueve años y Claire, cuatro.
—Cuando Paul tuvo su primera hija, yo era un muchacho de sólo veintiún años que vivía en Londres. Aparte de sentir desilusión porque no hubiese podido traer al mundo un heredero, no pensé mucho en el asunto. Y después me fui a la guerra. La pequeña, Claire, aún no había nacido cuando partí hacia la Península.
—¿Y ahora que las ha visto, tiene la intención de abandonarlas de nuevo?
Emma notó en su expresión que era exactamente eso lo que había pensado hacer.
—¡No puede hacer eso, milord! Las niñas ya han vivido suficiente tiempo al cuidado de sirvientes. Necesitan un pariente en casa. ¡Usted ha oído cuánto desea Claire un padre! Isabelle también, aunque es demasiado reservada para decirlo.
—¿Y una madre, señorita Peterson? Seguramente las niñas necesitan una madre tanto como un padre… o quizás más.
—Bueno, por supuesto que necesitan una madre, pero no hay nadie disponible en este momento para ocupar ese lugar.
—¿No? —De pronto Charles sonrió abiertamente—. ¿Y usted?
Emma sintió como si sus pulmones se hubiesen quedado completamente sin aire.
Charles se mordía el interior de las mejillas para contener la risa. La mandíbula de la señorita Peterson se había caído como una roca.
—Si se detiene a pensarlo, esa es la solución perfecta, señorita Peterson. Las niñas necesitan una madre, como usted misma ha observado. Ellas la conocen, usted les gusta; y vive por aquí, así que tendrá la comodidad de tener a su propia familia cerca.
«Y yo encuentro particularmente atractiva la idea de acostarme con usted.» Charles sonrió, tratando de imaginar cuál sería la reacción de la señorita Peterson ante esa declaración. Pero era verdad. No había pensado en ella durante años y sin embargo al verla ahora, al tenerla de pie a sólo unos centímetros de él… Quizás fuese el contraste: entre la chiquilla que recordaba y la mujer que tenía ante sí. Fuera lo que fuese, era verdaderamente erótico. Cambió de posición, alejándose de ella ligeramente para ocultar su reacción.
Era la solución perfecta a su problema. No era inconveniente para ninguno de los dos. Tampoco significaba pasar mucho tiempo con ella. No tenía el menor deseo de vivir en Knightsdale. Hallaría algo útil que hacer en Londres y sólo se pasaría por Knightsdale de tanto en tanto a ocuparse de su responsabilidad de engendrar un heredero.
Sí, se pasaría por allí para llevarla a la cama. Para quitar de su precioso cuerpo ese vestido tan feo. Para hundir la cara en sus pechos suaves y bien formados. Para…
Se volvió abruptamente hacia el escritorio. Sus pantalones ya le resultaban claramente incómodos.
—¿Qué podría ser mejor, señorita Peterson? ¿Usted no tiene un pretendiente, verdad?
—Bueno, no, pero…
—Y perdóneme por decirlo, pero a usted se le ha pasado un poquito la edad para el matrimonio, ¿verdad? Si mal no recuerdo, tiene cuatro años menos que yo, es decir, veintiséis.
—Sí…
Charles le echó una ojeada y notó el rostro encendido y en especial el pecho, que subía y bajaba al ritmo de la respiración agitada. Bruscamente levantó los ojos buscando los de ella. Tras las gafas, ardían chispas doradas bajo unas cejas fruncidas.
Quizás no debería haber recalcado el hecho de que era firme candidata a quedarse para vestir santos, pero seguramente eso influiría en su decisión final. Era improbable que recibiera una proposición mejor (e incluso que recibiera alguna otra proposición).
—No tengo la intención de molestarla, ya sabe. Pasaré la mayor parte de mi tiempo en la ciudad. Sólo tendrá que soportar mis ocasionales visitas.
—¿Y por qué se molestaría en venir de visita? Ha sido perfectamente capaz de quedarse lejos todos estos años.
Charles tosió, cubriéndose la boca. Seguramente ella veía lo obvio. La miró otra vez. Tenía los brazos firmemente cruzados bajo sus magníficos pechos. Ella levantó una ceja. ¿Cómo podía no haber notado antes el modo delicioso en que se elevaban en un extremo? ¿O cómo su boca invitaba a besarla, incluso formando una línea apretada como en ese momento?
¿Acaso se suavizaría la expresión de esa boca si él apoyaba en ella sus labios?
—Está el asunto del heredero.
—¿Qué? —Ambas cejas se elevaron y luego bajaron bruscamente—. ¿Qué quiere decir exactamente?
Era interesante el contraste entre el tono gélido de sus palabras y el fuego de su mirada.
Charles advirtió que probablemente era aconsejable la retirada, pero se había internado demasiado en territorio enemigo. Ahora debía sostener descaradamente su posición con toda naturalidad.
—Un heredero. Voy a necesitar uno, ahora que soy el marqués. Y me será difícil conseguir uno si yo estoy en Londres y mi esposa está en Kent, ¿no le parece?
Se agachó justo a tiempo para esquivar un perrito de porcelana que, tras pasar volando junto a su oreja, se hizo añicos contra la puerta del despacho.
Capítulo 2
—¿Interrumpo algo?
Cautelosamente, tres plumas anaranjadas se asomaron por la puerta, seguidas de tirabuzones grises y una cara muy redonda con los mismos límpidos ojos azules de Charles.
—En absoluto, tía Bea. Pasa, por favor.
Emma parpadeó y se acomodó las gafas, el fuego de sus ojos reemplazado ahora por una aparición igualmente llameante: la voluminosa forma de la tía Beatrice, ataviada con un despampanante vestido de anchas rayas rojas y anaranjadas, cuyo generoso escote hizo temer a Emma que los grandes senos de la mujer se escaparan del corsé. Sobre su pecho amplio resplandecía un collar de diamantes y rubíes.
—¿Vas a presentarme a tu acompañante, Charles? —Lady Beatrice apartó con el pie los fragmentos de porcelana y levantó sus impertinentes. Unos ojos agrandados por el cristal examinaron a Emma.
—Por supuesto, tía. Te presento a la señorita Emma Peterson, la hija del párroco. Señorita Peterson, mi tía, Lady Beatrice.
—Lady Beatrice. —Emma hizo una reverencia—. Encantada de… ¡oh!
Emma saltó hacia un costado, boquiabierta. Algo le había rozado el tobillo.
Lady Beatrice lanzó una carcajada sonora y musical que parecía venir de lo más profundo de su ser.
—No se aflija, querida mía. Es sólo Reina Bess[3]…
Una gran gata anaranjada saltó a la silla que estaba junto a Emma y se hizo un ovillo en el asiento. Parecía un manguito demasiado grande —y un manguito enojado, además— pensó Emma, al notar la mirada furibunda que le lanzó la gata antes de empezar a lamerse las patas.
Charles rio.
—No estoy muy seguro de que Reina obtenga la aprobación de Prinny, tía.
—No me digas que has invitado a ese gordo idiota, Charles. Indudablemente no estaba en mi lista.
—Ni está en la mía. No, me refiero al perro de la señorita Peterson.
—¿Usted tiene un perro llamado Prinny, señorita Peterson? ¡Magnífico!
—En realidad el perro es de mi hermana, Lady Beatrice.
—Ah. Bien, entonces ansío conocer a su hermana. —Lady Beatrice se adentró en la habitación—. ¿Hay alguna razón para estar de pie, Charles? ¿Será que los muebles están infestados? Piojos no, espero. ¿Pulgas? La pobre Bess sí que odia las pulgas.
—Hasta donde yo sé, no hay razón para que tú y tu gata temáis al mobiliario. No puedo hablar con completa autoridad, por supuesto, ya que yo mismo acabo de llegar. Estaba esperando que se sentara la señorita Peterson, pero se ha mostrado renuente a hacerlo.
—Oh, bueno, yo no voy a mostrarme tan renuente… aunque acabo de pasar sentada todo el camino desde Londres. Ahora que eres el marqués, Charles, tendrás que hacer que alguien se ocupe de esos carruajes. Pensé que los dientes se me iban a salir de tanto castañetear por el traqueteo; juro que sentí cada piedra del camino.
Lady Beatrice se instaló graciosamente en el sofá; toda una hazaña, pensó Emma, para alguien con esas imponentes medidas.
—Venga, señorita Peterson, tome asiento, por favor. O hará que se me tense el cuello. Y estoy segura de que el pobre Charles necesita sentarse a descansar. Bess le cederá su lugar, ¿verdad, cariño?
Reina interrumpió su ritual de limpieza el tiempo suficiente como para mirar en dirección a Lady Beatrice. Luego volvió a usar su lengua para asearse debajo de la cola. Emma apartó la mirada.
—Sólo dele un empujoncito, señorita Peterson —dijo Lady Beatrice—. Bess a veces es un poquito tozuda.
«Y el Támesis está un poquito mojado», pensó Emma. Reina Bess no parecía demasiado ansiosa por moverse. Claro que tampoco Emma estaba ansiosa por recibir un arañazo en la mano.
—Permítame.
Al intentar coger a la gata, el brazo de Charles rozó el de ella. Emma experimentó el involuntario contacto como una especie de descarga eléctrica entre ellos. Él estaba tan cerca que ella sentía el calor de su cuerpo y percibía ese aroma tan masculino, mezcla de jabón, cuero y lino. Observó cómo ahuecaba las manos amplias y hábiles debajo de la gata y recordó el contacto de la palma y los dedos de él.
Esperaba que él no le hubiese oído tomar aire de golpe o que no hubiese notado cómo su cuerpo se inmovilizaba. Retrocedió tan rápidamente que se le enredó el tacón en el dobladillo del vestido y tuvo que sostenerse del borde del escritorio para no perder el equilibrio. Cuando lo miró de nuevo él estaba depositando a Reina Bess en el acogedor regazo de su dueña.
Los ojos de su tía estaban fijos en Emma. La joven reprimió una risita nerviosa. Lady Beatrice la miraba con enojo, de un modo similar a como la había mirado su gata.
—Gracias, Charles. Eres nuestro héroe, ¿no es así, señorita Peterson?
Emma esbozó una sonrisa y se sentó en el borde de la silla ahora vacía. Antes intentó sacudir con disimulo los pelos de gato anaranjados. Lanzó una mirada a Charles, quien, con una amplia sonrisa, inclinó la cabeza.
—Hago lo que está a mi modesto alcance para ayudar a damiselas en peligro, salvándolas de los dragones… y de todo tipo de gatos atigrados.
—Humm. —Lady Beatrice acarició a su gata y estudió a Charles. Emma intentó no moverse nerviosamente mientras la mujer la examinaba—. Y dime una cosa, Charles, ¿esta damisela necesita que la salven de algo en especial? —El tono de su voz era relajado pero Emma detectó un trasfondo gélido.
—No que yo sepa, tía. —Charles metió las manos en los bolsillos y se reclinó contra la repisa de la chimenea. Su voz era áspera—. ¿Por qué lo preguntas?
—No estoy acostumbrada a oír el sonido de loza que se hace añicos cuando me dispongo a entrar a una habitación.
Emma estudiaba concienzudamente sus propias manos apretadas sobre el regazo, rogando para sí que sus mejillas no estuviesen tan encendidas como temía.
—Creo que dije algo con lo que la señorita Peterson no estuvo de acuerdo.
—¿En serio? Uno se preguntaría qué tema de conversación podría llegar a provocar que una joven bien educada lance las chucherías a su alrededor.
Emma decidió que ya era hora de huir de allí.
—Milord, Lady Beatrice, creo que ya es hora de que me vaya a ver a las niñas. Estoy segura de que a estas alturas ya deben haber agotado a Nana.
—No se vaya, señorita Peterson —dijo Lady Beatrice—. Apenas la conozco.
No era una petición. Emma se hundió de nuevo en la silla.
—Realmente no soy para nada interesante, Lady Beatrice.
Lady Beatrice levantó una ceja.
—Eso es lo que estoy tratando de determinar, señorita Peterson.
—Déjala ir, tía. La señorita Peterson tuvo la amabilidad de venir a reemplazar a la institutriz de Isabelle y Claire, la señorita Hodgekiss, que está cuidando a su madre enferma.
—Ya veo. ¿Y se está usted hospedando en Knightsdale? —Lady Beatrice hizo una pausa. Sus ojos azules escudriñaron a Emma de pies a cabeza—. Qué… conveniente.
Emma se irguió un poco en su silla. Seguramente la mujer no podía estar insinuando que… No, no era posible. Jamás habían acusado a Emma —nadie lo había considerado siquiera— de algo que no fuera una conducta perfectamente decorosa. Debía haber malinterpretado el tono de Lady Beatrice.
Aunque su mirada dura era difícil de malinterpretar.
—La señorita Peterson y yo estábamos empezando a ponernos al día cuando llegaste, tía.
—¿A ponerse al día, Charles? ¿Entonces tú y la señorita Peterson… vosotros… ya teníais algún tipo de… relación?
—No. —Emma esperaba no haber gritado la palabra, pero por la rapidez con que Lady Beatrice levantó las cejas, temía haberlo hecho. Se tambaleó sobre sus pies. Iba a marcharse de allí en ese preciso instante, lo quisiera o no la tía de Charles—. Lady Beatrice, puedo asegurarle que…
—No, pequeña, por favor. —Lady Beatrice agitó en dirección a Emma una mano profusamente enjoyada—. Siéntese. Acepte mis disculpas si la he ofendido.
Emma se sentó, pero al borde de la silla, dispuesta a marcharse al primer insulto.
—No estoy acostumbrada a ser tratada de esa forma, Lady Beatrice. Espero que no se repita.
Lady Beatrice rio entre dientes.
—Sabe usted defenderse, ¿verdad? Eso es bueno. Entonces, dígame por qué arrojó la… —Lady Beatrice miró el montón de añicos en el suelo y se encogió de hombros—, por qué arrojó usted esa chuchería contra la puerta.
Emma se ruborizó.
—Era un perro, Lady Beatrice.
—Ah. —La mujer frotó las orejas de Reina—. Bess, aquí presente, probablemente estaría de acuerdo… tampoco ella tiene demasiado afecto a los perros. Me extraña que pase usted parte de su tiempo con una versión de carne y hueso de esas criaturas, si las desprecia tanto como para sentirse obligada a librar al mundo de las chucherías con forma canina (las cuales, podría agregar, no le pertenecen). Dijo usted que Prinny es un perro, ¿verdad?
—Sí. —Emma miró a Charles en busca de auxilio. El muy miserable se cubría la boca con la mano para ahogar la risa—. No era mi intención romper la estatuilla.
—¿No? ¿Y qué quería hacer, entonces?
—Esperaba golpear en la cabeza a Lord Knightsdale.
—Por supuesto. ¿Charles?
—Lo único que hice fue pedirle a la señorita Peterson que se casara conmigo. No aceptó.
Lady Beatrice parpadeó.
—Ya veo. ¿No habría bastado con un simple «no»?
—Parece que no.
Emma deseaba gritar, no estaba segura si por causa de la mortificación o de la frustración.
—Lady Beatrice, por favor, discúlpeme. Créame que no puedo explicar mi reacción.
—Entonces no lo intente, querida mía. Algunas cosas son inexplicables… y otras se encarga de aclararlas el tiempo. Falta ver a cuál de estas categorías pertenece este pequeño incidente. ¿Entonces ya os conocíais?
Charles rio entre dientes.
—La señorita Peterson y yo éramos compañeros de juego de niños, tía. Poco antes de que llegaras, acababa de verla por primera vez en años.
—¿Años, Charles? ¿Cuántos?
Charles se encogió de hombros.
—Algunos. Por lo menos diez. O más probablemente veinte.
Lady Beatrice miró fijamente a Charles.
—¿No habías visto a la señorita Peterson desde niño y acabas de pedirle matrimonio?
Charles volcó su peso sobre la otra pierna y carraspeó.
—Así es.
Lady Beatrice sacudió la cabeza.
—Señorita Peterson, mis disculpas. La entiendo perfectamente. Para la próxima vez, sugiero un objeto más pesado desde una distancia menor.
Charles observaba a las damas mientras conversaban. Lambert había traído té y pasteles, y un plato de crema para su alteza.
—Usted dijo que se está hospedando en la casa, ¿verdad, señorita Peterson? —La tía Beatrice se sirvió el pastel más grande de todos.
—Sí. La señorita Hodgekiss partió inesperadamente la semana pasada y pensé que lo mejor sería instalarme aquí para ayudar a Nana. Ya tiene sus años.
—Claro que sí. ¿Y su familia puede arreglárselas sin usted?
Emma hizo una pausa y Charles se inclinó hacia adelante. ¿Acaso sus ojos se habían ensombrecido?
—Oh, sí. Mi hermana tiene diecisiete, así que ya no necesita (ni desea) mi supervisión diaria.
—Humm. Y tengo entendido que vuestra madre murió hace muchos años, ¿no es verdad? —La tía Bea se sacudió del pecho algunas migajas.
—No mucho después de que Meg naciera. —Emma sonrió, pero Charles vio la sombra de nuevo—. Yo crié a Meg y me ocupé de la casa, pero, bueno, las cosas cambian. Puedo permitirme sin problemas enseñar a las niñas hasta que la señorita Hodgekiss pueda regresar.
Charles observó a Emma mordisquear un trozo de pastel. Tenía una linda boca: el labio inferior era carnoso, el superior, arqueado y sobresalía ligeramente. Labios para ser besados. Observó la pequeña punta rosada de su lengua salir fugazmente para atrapar una migaja que se había escapado… y sintió una oleada de calor en cierta parte de su cuerpo. Era capaz de imaginar cosas deliciosas para que hiciera esa lengua.
—¿No te parece, Charles?
—¿Humm? —Apartó la mirada de los labios de la señorita Peterson para encontrarse con los ojos de tía Bea fijos en él—. Lo siento, tía. Me temo que estaba distraído.
La tía Bea resopló.
—¿Así lo llaman ahora? En mis tiempos…
Charles echó una ojeada a la expresión desconcertada de Emma.
—Tía, para que no nos sonrojemos, ¿podrías simplemente repetir la pregunta?
La tía Beatrice también echó un vistazo a Emma.
—Está bien. Estaba intentando convencer a la señorita Peterson para que nos acompañase en nuestra pequeña fiesta.
—¡Excelente sugerencia! —Charles sonrió abiertamente. En materia de buenas ideas, siempre se podía confiar en la inspiración de la tía Bea.
—Pero Lord Knightsdale, no hay manera de que yo me sume a sus invitados.
—¿Y se puede saber por qué no, señorita Peterson? Usted sería una bonita incorporación.
—Pero es que soy la institutriz.
—¡Bah! Sólo temporalmente. —La tía Bea ofreció a Reina un trocito de pastel. Tras olfatearlo cuidadosamente, su alteza levantó la nariz, rechazándolo.
—Su linaje es impecable… su padre es hijo de un conde, si mal no recuerdo.
—El cuarto hijo de un conde —aclaró la señorita Peterson.
—No importa. La sangre es lo suficientemente azul.
La taza de té de la señorita Peterson golpeó estrepitosamente el plato.
—¿Lo suficientemente azul para qué?
—Para la «flor y nata»[4], señorita Peterson. —La tía Bea se metió en la boca la torta que Reina Bess había rechazado—. Supongo que usted nunca ha debutado socialmente, ¿verdad? —Las migas del pastel en su boca amortiguaron el sonido de la pregunta.
—No. Cuando yo tenía diecisiete años, Meg era una niña de apenas nueve. No quise dejarla sola y a mi padre no le interesaba enviarme a Londres. Supongo que podríamos haber conseguido que alguna de las hermanas de mi padre me presentase, pero no parecía valer la pena tomarse la molestia.
La tía Bea asintió con la cabeza, mientras sus plumas se balanceaban.
—Lady Gromwell, la condesa y Lady Fanning, la baronesa. Perfectamente aceptable. —Tomó otra torta—. ¿Usted acaba de decir que su hermana tiene diecisiete años? ¿Ella también rechazó un viaje a la ciudad?
—Así es. Nuestro padre le ofreció la oportunidad. Lady Elizabeth, la hermana del duque de Alvord, iba a debutar socialmente; Meg podría haber ido con ella. —La señorita Peterson suspiró, encogiendo ligeramente los hombros—. Me temo que Meg no se interesa por los vestidos o los volantes. Prefiere perder el tiempo en el campo, buscando plantas para agregar a su colección.
Hizo una pausa, mirando distraídamente dentro de su taza de té. Charles advirtió otra vez la misma expresión ensombrecida de antes. Ella apretó los labios.
—Y la situación en casa era… inestable.
¿Qué era lo que molestaba a la joven? Él deseaba ver en sus ojos risa —o chispas de enojo y pasión— no tristeza.
—Parece que a su hermana no le vendría mal algo de refinamiento, señorita Peterson —dijo la tía Bea—. Sugiero que la incluyamos entre los invitados a nuestra fiesta, Charles. Será la oportunidad perfecta para que acceda a la alta sociedad.
—Magnífica idea, tía. Y la señorita Peterson estará ahí para guiarla.
—Lady Beatrice, no me parece que…
—Nada, insistimos, ¿verdad, Charles?
—Sin duda. Yo la acompañaré hoy a su casa, señorita Peterson, para llevar la invitación personalmente.
—Pero…
—Vamos, señorita Peterson —dijo la tía Bea—. Estoy segura de que su padre no puede oponerse. Estará feliz de ver a su hija (a sus hijas) adquirir un poco de refinamiento.
La señorita Peterson dejó su taza de té y se irguió en la silla; el enojo le ensanchaba las ventanas de la nariz y le devolvía el fuego a su mirada.
—Lady Beatrice…
La tía levantó la mano.
—Vamos, señorita Peterson, no sea fastidiosa. ¿Por qué se opondría usted a un poco de diversión? Un poco de cartas, un par de días de campo, un baile. Todos ellos pasatiempos intachables.
La señorita Peterson adelantó la barbilla en un gesto combativo, como lo hacía Claire.
—Será necesario que atienda a las niñas.
—Por supuesto, pero no a cada instante del día, seguramente. Nana puede cuidarlas en la sala de estudio, ¿verdad? —La tía Beatrice miró a Charles.
—Claro que sí. —Sonrió abiertamente—. De hecho, es quien las está cuidando en este momento. Y tampoco son unas criaturas. Isabelle me pareció muy responsable.
—Demasiado responsable —dijo la señorita Peterson—. Y necesita mantenerse al día con sus lecciones.
—Lo cual hará. —Charles vio la victoria a su alcance—. Yo mismo visitaré la sala de estudio para colaborar, siempre y cuando no me pida usted que les enseñe a usar acuarelas. No puedo pintar (ni dibujar) nada.
—Eh…
—Entonces, está decidido. —La tía Bea se adueñó del último pastel—. Vaya a buscar su sombrero, señorita Peterson, que Charles la llevará a su casa ahora mismo.
—Pero…
La tía Bea hizo un gesto con las manos, como ahuyentándolos. La señorita Peterson miró a Charles. Él rio por lo bajo ante la confusa mezcla de frustración, enojo y resignación que vio en la cara de la joven. ¿E ilusión? ¿Había sin duda un rayo de ilusión también? Sospechaba que hacía mucho tiempo que la señorita Peterson no se permitía algo de diversión. Tal vez el placer era algo que nunca se había permitido.
Charles estaba decidido a cambiar eso. Descubrió que le encantaría darle placer. Delicioso placer. Caliente, sudoroso. Placer a la medianoche y al alba.
Observó el frufrú de su preciosa parte trasera mientras ella salía airada.
—Estás decidido por ella, ¿verdad?
Charles se encogió de hombros, volviéndose hacia su tía.
—Desde que recibimos la noticia de la muerte de Paul me has estado fastidiando sin cesar para que me case. La señorita Peterson será una buena elección.
—Tienes muchas damas para elegir.
—A todas ellas ya las conozco.
—Ah, pero están más interesadas en ti ahora que eres el marqués de Knightsdale.
Charles sintió que se le retorcía el estómago. Dios, esa era una de las cosas que más detestaba de esa maldita situación: la adulación. Los mismos que ni siquiera veían al Mayor Draysmith, ahora se peleaban por saludar a Lord Knightsdale.
—Eso es parte del encanto de la señorita Peterson, tía. No creo que le interese un bledo mi título.
Emma se obligó a bajar las escaleras con calma. Aún estaba que echaba chispas. ¡Qué descaro el de ese hombre! Venir aquí, después de todos esos años y sugerir que se casase con él. Juraría que ni siquiera la había reconocido al verla en la galería larga.
Él sólo quería que le diera hijos y los criara. Por cierto, que ella no iba a ofrecerse para que la dinastía Knightsdale pudiese continuar una generación más. Si se dejase llevar por lo que sentía en ese momento, con gusto acabaría de inmediato con el linaje. Y lo haría con sus propias manos.
Se detuvo en el rellano del segundo piso y apretó con tal fuerza el pasamanos que los nudillos se le pusieron blancos. Dio un profundo suspiro.
También estaba enojada consigo misma.
¿Por qué no podía ser feo: bizco, picado de viruela ojo‑robado? ¿Por qué tenía que ser el único hombre que aparecía en sus sueños?
Tocó sus mejillas encendidas. Él no sólo se le había aparecido en sueños. También había soñado despierta con él y con el beso que había visto.
Lo había invitado a su cama la misma noche que había corrido a casa después de verlo en el baile de bodas de Paul.
Jesús, así era. La juiciosa niña de papá se había metido en la cama y después de apagar la vela había rememorado la escena de la terraza. Pero en sus pensamientos, era a ella a quien él besaba, no a una anónima dama londinense. Había intentado sentir sobre sus labios los de él, moviéndose. ¿Serían cálidos o fríos, húmedos o secos? Había imaginado los brazos de él rodeándola, apretándola contra su pecho, recorriéndola con sus manos… Apretó los ojos. Se negaba a recordar en qué partes de su cuerpo había imaginado esas manos.
Y ahora él le había propuesto matrimonio. Podía descubrir exactamente cómo se sentían esos labios. Lo que sus manos…
¡Basta! No podía casarse con él solamente para probar la precisión de su imaginación, ¿verdad? No. Indudablemente, no. Era extremadamente absurdo.
Continuó bajando las escaleras.
Se había sentido desfallecer en el despacho, al notar cómo los ojos de él parecían trazar el contorno de sus labios. A duras penas había conseguido prestar atención a las palabras de Lady Beatrice. Deberían obligarlo a vendarse los ojos: esa límpida mirada azul entrañaba un peligro para las mujeres. Probablemente había sido el señuelo para atraer a sus brazos a innumerables damas de sociedad. Pues bien, ella no sería una más de sus víctimas, no importaba cuánto deseara serlo.
—Señorita Peterson… qué rapidez. Espléndido.
Emma miró hacia abajo. De pie en el vestíbulo, Charles la miraba con una amplia sonrisa. El corazón le dio un vuelco antes de que pudiera dominarlo.
—No lleva tanto tiempo ponerse un sombrero, milord.
—¿No? Me rindo a su mayor conocimiento… es una tarea que nunca he intentado.
—¡Sin embargo, no dudo de su experiencia en quitar sombreros!
Emma se mordió el labio. ¿De dónde había salido eso? Nunca antes había tenido problemas para refrenar su lengua. Mantuvo la vista al frente mientras salía por la puerta principal, pero sintió junto a la oreja el aliento tibio de Charles que reía entre dientes.
—Ah, señorita Peterson, ¿detecto palabras que quedaron por decir entre nosotros?
—No tengo la menor idea de a qué podría estar refiriéndose, milord.
—¿De manera que no está usted insinuando que le he quitado el sombrero a más de una dama?
Emma sintió que una oleada de rubor le encendía las mejillas. Al oír las palabras en boca de él, se dio cuenta de que lo había acusado directamente de desnudar mujeres. Pero lo cierto es que ella no iba a admitirlo. Algunas mentiras eran necesarias para la propia conservación.
—Por supuesto que no, milord.
Él rio con un sonido profundo y cálido.
—Oh, señorita Peterson, veo que juntos vamos a pasarlo maravillosamente bien. ¿Puedo llamarla Emma?
—Claro que no.
—Maravilloso. Y usted debe llamarme Charles.
—Milord, ¿es que no me ha oído? No le he dado licencia para usar mi nombre de pila.
—Bien, Emma, lo siento mucho pero voy a tomarme esa licencia. Algo que aprendí en la guerra es que uno debe preguntar cortésmente, pero si algo es crucial para la supervivencia, debe tomarlo (sin abandonar la cortesía, por supuesto). Y de verdad pienso que el usar su hermoso nombre, Emma, es crucial para mi supervivencia.
A Emma no se le ocurría absolutamente nada que decir. Estaba segura de estar boquiabierta… más aún al sentir unas manos amplias y cálidas que le rodearon la cintura y la levantaron para depositarla en el carrocín. Él se sentó a su lado y la miró con una amplia sonrisa. La joven cerró las mandíbulas con tal rapidez que pudo oírlas crujir.
Para terminar de perturbarla, el asiento del carrocín era extremadamente estrecho. Sentía claramente contra su cuerpo la presión del costado, cadera y pierna de Charles. Eran asombrosamente firmes, como una roca. Se movió, intentando poner más distancia entre ellos. Él se movió con ella.
—Milord, me esté empujando.
—Charles, Emma. Sabe que me llamo Charles. De niña, usted solía llamarme Charles.
—Y ahora no lo oirá usted de mis labios, milord. Al menos yo tengo alguna noción de lo que es el decoro.
—Humm. Quizás yo pueda convencer a esos labios.
Antes de que imaginase siquiera lo que Charles se disponía a hacer, Emma sintió sobre su boca la de él.
Sus ojos se cerraron, no podía —o no quería— decir si para evitar conmoverse por la proximidad del rostro de Charles, o para concentrarse en el contacto de esos labios que cubrían los suyos. Fue un brevísimo roce —seco y fresco— pero ella lo sintió a lo largo de todo su cuerpo. Encendió un extraño fuego abrasador en su vientre, un fuego que había permanecido encendido como un rescoldo en sus sueños, pero que nunca había ardido en libertad. Un fuego que temía que la consumiera.
¡Jesús, sí que estaba en problemas!
Riendo entre dientes, Charles volvió a su lado del asiento. Habría preferido explorar más largamente la boca de Emma; pero los caballos estaban inquietos y además podía suceder que Emma pro y lo dejara sin sentido de una bofetada. Sin mencionar que la escena podía ser vista desde las numerosas ventanas de Knightsdale. ¿Estaría tía Bea espiándolos desde alguna de ellas? ¿O quizás la pequeña Claire?
No le importaba. Sonrió abiertamente, sintiendo una ridícula necesidad de reír. No se había sentido tan alegremente despreocupado en años —desde luego no desde que había partido para la Península—. Indudablemente no después de haberse enterado de la muerte de Paul. Ni siquiera cuando era un flamante universitario de parranda por Londres recordaba haber sentido esta alegría pura y libre de cuidados. En aquel entonces había creído llevar una vida maravillosa, adquiriendo una brillante pátina de sofisticación, pero demasiadas mañanas después de una noche de libertinaje había sentido esa pátina como una especie de herrumbre.
Aspiró una profunda bocanada del fresco aire inglés, impregnándose del perfume de la hierba recién cortada. Tal vez no se había sentido de ese modo desde la niñez, cuando tenía ante sí todo un glorioso día para llenarlo pescando, cabalgando y jugando a Robin Hood o a los Caballeros de la Mesa Redonda… con la joven que ahora estaba a su lado, a menudo pisándole los talones. Rio entre dientes. ¿Quién habría imaginado que algún día sentiría algo que no fuera enojo hacia esa molesta niñita de rizos a la que él había apodado «Enana»?
—¿Qué lo divierte tanto, milord?
¿De modo que la señorita Peterson iba a darse aires? Le echó una rápida mirada. Sí, su naricilla apuntaba hacia arriba.
—¿Sabía usted que los demás muchachos la llamaban «Sombra»?
—¿Qué? —Se giró para mirarlo—. ¿De qué está hablando?
—Cuando éramos niños. Los otros muchachos la llamaban «Sombra», porque me seguía por todas partes.
—Oh. —Contempló el paisaje y un débil rubor coloreó sus mejillas.
—Pero yo no la llamaba así. No me molestaba que me siguiera.
—Usted me llamaba «Enana».
—Bueno, era pequeña. Ahora tampoco es muy alta que digamos, aunque algunas partes de su cuerpo… —Charles dejó que sus ojos se posaran en sus bien formados senos—, han crecido considerablemente.
—¡Milord! —Ahora sus mejillas ardían. Charles se preparó para la bofetada.
—Sus manos, por ejemplo —dijo riendo—. Estoy seguro que ahora son más grandes. También la barbilla. Sus encantadores, eh, p…
Emma tomó aire haciendo que esa parte de su anatomía que él tenía en mente sobresaliera tentadoramente.
—… pies también han crecido desde que usted era una chiquilla.
—Milord, es usted tan… escurridizo.
—¿Disculpe? —Charles puso su mejor expresión de inocencia—. Le aseguro que no sé a qué se refiere.
—¡Sí que lo sabe! Que sus palabras escapan a mi comprensión. Cuando creo entender de qué habla, de algún modo se las arregla para desorientarme. Es tan difícil estar segura de qué habla como lo es atrapar con las manos una trucha.
—Querida —dijo Charles, con la voz repentinamente ronca por el erotismo de la imagen que su tosca e ingenua comparación había disparado en su mente—, cuando usted quiera atraparme, por favor, hágalo. Me hará feliz complacerla dejándome atrapar. Si yo fuese una trucha, sería un placer nadar en su estrecha y húmeda, eh… —Charles tragó saliva, refrenando su imaginación.
Ella le lanzó una mirada perpleja pero cautelosa.
—Lo está haciendo de nuevo.
Charles le recordó a su cuerpo que debía comportarse. Su voz era más clara esta vez.
—¿Estoy haciendo qué?
—No se haga el inocente. Usted quería decir otra cosa, ¿no es así?
—No.
—Sí, así es.
Charles sonrió mostrando los dientes.
—Bueno, quizás.
—Dígame qué.
—Oh, no, Emma, amor mío. Claro que no se lo diré. Se lo mostraré… pero sólo una vez que estemos casados.
Charles rio para sí, imaginando que podía oír rechinar los dientes de ella. Contempló el edificio de piedra que tenía delante, que le era tan familiar, donde había pasado tantas horas aprendiendo griego y latín con el reverendo Peterson.
—¿Encontraremos a su padre en casa?
—Sí.
Charles percibió la repentina frialdad del tono de Emma. ¿Cuál sería el motivo?
—¿Y a su hermana?
Emma se encogió de hombros.
—Meg probablemente esté fuera de casa, excavando la tierra en alguna parte. Si mi padre y… —Se interrumpió. Las ventanas de la nariz se le ensancharon, al tiempo que la expresión de su boca se endureció.
—¿Y quién? —la instó a terminar la frase, mientras detenía el carrocín.
Emma levantó la barbilla y enderezó los hombros, como un soldado preparándose para el combate. Él dejó a un lado las bromas. Estaba bastante seguro de haber encontrado la causa de la mirada ensombrecida de Emma.
—… y la señora Graham —Emma terminó la frase—. La señora Harriet Graham. Es viuda. Ayuda en la iglesia, con las flores y ese tipo de cosas.
—¿Y?
—¿Y qué, milord?
—¿Y por qué al pensar en la señora Harriet Graham, viuda, se pone tan tiesa como si se hubiese tragado un atizador caliente?
—No sé a qué se refiere.
—No puede ser el simple hecho de que ayude en la iglesia, ¿verdad? —Charles vio que Emma tenía los ojos clavados en el suelo—. Usted ha dicho «mi padre y…». El problema es el «y», ¿no es así? ¿Acaso esa señora Graham es una arpía de la peor calaña?
Emma negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. La señora Graham es un buen miembro de nuestra iglesia.
—¿Pero quizás no es un miembro tan bueno de vuestra familia?
—¿Va a ayudarme a bajar de este carrocín o tengo que apearme de un salto?
—La ayudaré, querida. —Charles rodeó el carruaje y la tomó de la cintura. No la deslizó hacia abajo contra su cuerpo, como deseaba hacerlo, ni la atrajo contra él al depositarla en el suelo. Pero tampoco la soltó de inmediato. Disfrutaba demasiado de la curva de su cintura bajo sus manos.
Para sorpresa de él, Emma no se apartó. Permaneció quieta, con la mirada baja, los ojos ocultos por el sombrero.
—Emma, ¿está usted bien?
—Sí. Por supuesto. —Levantó la vista y lo miró un momento, para luego retroceder. La soltó—. Lo siento. Venga por aquí —dijo la joven.
La siguió hacia el interior de la casa. Apenas entró percibió ese olor: el olor del saber, olor a libros viejos, a cuero, papel y tinta. Había respirado ese aroma tan a menudo cuando era un muchacho que luchaba con las declinaciones del latín. También lo había respirado en la universidad, pero éste era mejor. Olía a hogar. El padre de Emma había sido un buen maestro. Estricto, exigente, pero siempre con comentarios alentadores. Charles había trabajado duro para ganar su aprobación.
De hecho, había deseado que el reverendo Peterson fuese su padre. Quizás esa era una de las razones por las que había tolerado a Emma. La había visto como una hermanita.
Claro que no era así como la veía ahora.
Emma se detuvo fuera del despacho de su padre y golpeó la puerta pausadamente.
—Tenemos visita, padre.
—Adelante, por favor.
La joven empujó la puerta. Charles se quedó helado en el umbral.
El reverendo Peterson había envejecido en los últimos veinte años. Tenía el cabello gris, las mejillas levemente hundidas, los huesos de la cara más marcados. Charles lo sabía. Hacía sólo cuatro meses que lo había visto en el funeral de Paul. Pero era distinto verlo allí, en su despacho… en esa habitación en la que el tiempo debería moverse en círculo.
—Milord —dijo el reverendo Peterson, incorporándose—, es un placer volver a verle. Todos nos alegramos de que haya regresado a Knightsdale, su hogar.
Charles esbozó una amplia sonrisa.
—Finalmente. Gracias por no decirlo.
La sonrisa del reverendo Peterson no había cambiado. Sus labios sólo se curvaban ligeramente pero los ojos le brillaban tras las gafas.
—Nunca osaría criticar a un marqués.
—En voz alta.
Los labios del párroco se movieron nerviosamente y se marcaron las arrugas en el rabillo del ojo.
—Sólo estaba ansioso por tenerlo entre nosotros, milord. —Se volvió hacia una mujer menuda que estaba sentada en una silla junto a su escritorio—. Permítame presentarle a la señora Harriet Graham. La señora Graham es relativamente nueva en Knightsdale, milord, pero desde que llegó ha sido un miembro muy activo de la parroquia.
—Señora Graham.
Charles le dio la mano a la mujer. La irritación de Emma era casi palpable. Aún permanecía de pie, tiesa junto a la puerta.
—Milord. —La señora Graham le sonrió con calma. La mujer le gustó inmediatamente. Tenía un rostro agradable y tranquilo, cálidos ojos marrones y cabello castaño que se estaba tornando gris.
«Así que ésta es la arpía.» Parecía una mujer común, de mediana edad, no una candidata a madrastra malvada.
—Reverendo, he venido a traer una invitación para sus dos hijas.
Emma observó a Charles tomar la mano de la señora Graham. No le había sorprendido encontrar a la mujer en el despacho con su padre. ¡Jesús, esa mujer prácticamente vivía en la parroquia! Quizás efectivamente viviría allí si Meg se hospedaba unos días en Knightsdale, para la fiesta.
La joven se mordió el labio. No, realmente no se imaginaba a su padre quebrantando la ley de Dios, viviendo en pecado con una mujer, ni siquiera con una Jezabel como Harriet Graham.
—Asistirán algunas damas de la edad de la señorita Margaret Peterson. Mi tía, Lady Beatrice, ha pensado que ésta podría ser una excelente oportunidad para que su hija menor se mojara los pies en el estanque social, por así decirlo, y en un entorno familiar, con la guía de su hermana mayor.
—¿Y quién guiará a la hermana mayor?
—Papá, no soy un vegetal. Me las arreglaré.
Emma se ruborizó al ver que Charles arqueaba las cejas. Quizás había hablado con un tono un poco áspero.
—No he querido decir eso, Emma, pero es que tú tampoco has ido a Londres.
—He estado en muchas reuniones locales.
—Sí, ya lo sé, pero…
Con una mirada cargada de enojo, Emma hizo callar a su padre.
—No se preocupe, señor. —Había un deje de humor en la voz de Charles.
Emma se volvió para lanzarle una mirada parecida a la anterior. La ignoró.
—Mi tía estará presente y la reunión no será demasiado agotadora. Sólo un par de días de campo, un baile. Muy tranquilo. Muy relajado. Creo que el duque de Alvord, su esposa y su hermana estarán allí, y también el conde de Westbrooke, de modo que sus hijas verán algunas caras familiares.
El reverendo Peterson asintió.
—La hermana del duque, Lady Elizabeth, es amiga personal de Meg. No veo objeción alguna, ¿y tú, Harriet?
Emma rechinó los dientes cuando la señora Graham asintió y murmuró que estaba de acuerdo.
—Los invitados deberían llegar mañana —dijo Charles—, así que enviaré un carruaje a recoger a la señorita Margaret Peterson por la mañana, ¿de acuerdo?
—Excelente, milord. —El padre miró a su hija mayor—. Emma, seguramente necesitas recoger algunas cosas. No planeabas tener actividades sociales cuando fuiste allí a reemplazar a la señorita Hodgekiss.
—No, y tampoco ahora tengo planes de asistir a demasiadas actividades sociales: pasaré la mayor parte de mi tiempo con las niñas.
—Pero no todo su tiempo —dijo Charles—. ¿Por qué no recoge ahora sus cosas?
Emma no deseaba recoger cosa alguna. Se cruzó de brazos, dispuesta a decírselo, pero antes que pudiera abrir la boca su mirada se cruzó con la de Charles. Algo en su expresión le advirtió que estaba al borde de hacer un berrinche de lo más infantil. Guardó silencio.
Tenía veintiséis años, no seis. No era un comportamiento digno. Respiró hondo para calmarse.
—Supongo que es una buena idea. No tardaré demasiado.
—¿Quiere que la ayude?
—No, señora Graham. Puedo arreglármelas perfectamente yo sola. —Emma le echó una ojeada a su padre y pudo ver una expresión de reproche. Se ruborizó—. Pero gracias por la oferta. Será sólo un minuto.
No le llevó mucho más de un minuto hacer el equipaje. Su guardarropa no era muy extenso, y la mayor parte ya estaba en Knightsdale. Amontonó apresuradamente algunos vestidos extra en una pequeña maleta. Se detuvo, con la mano sobre su traje de baile. ¿Debería llevarlo? No. Era ridículo. Sus dedos se deslizaron sobre la sedosa tela. Había sido un verdadero derroche. Nunca lo había usado.
Podía usarlo ahora, en la fiesta.
No. No iría al baile… ¿o sí?
Cerró los ojos, recordando a Charles y a aquella dama londinense en la terraza, diez años atrás. En aquel tiempo era demasiado joven para ir al baile. Ahora ya no lo era…
Cogió el vestido, lo metió con el resto de cosas y salió de su cuarto antes de tener tiempo de cambiar de opinión.
Charles acomodó la maleta en el carrocín mientras ella se despedía de su padre.
—¿Deberían arderme las orejas? —preguntó después de que Charles la hubiese ayudado a subir.
—Emma, su padre nunca hablaría sobre usted conmigo y con la señora Graham.
—Estoy segura de que le habla de mí a la señora Graham.
Con la vista fija adelante, esperó que Charles defendiera a la mujer. Él no dijo una palabra. Ella también debería haber guardado silencio, pero las palabras le apretaban la garganta, pugnando por salir.
La joven no tenía en quién confiar. No podía hablar con Meg. Una vez lo había intentado pero su hermana era demasiado joven. No la entendía. Y las otras mujeres que conocía eran demasiado mayores. Bueno, además prefería lavar los trapos sucios en casa. Pero Charles había presenciado su mal comportamiento.
¿Qué le estaba pasando? Primero, había perdido la paciencia, arrojándole esa baratija a Charles; y ahora acababa de actuar como una niña maleducada. Quizás estaba enferma. Ciertamente no se sentía bien del estómago.
Si Charles había dicho en serio lo de la propuesta de matrimonio, ahora seguramente se felicitaba porque ella lo hubiese rechazado. Se estaba convirtiendo en una arpía espantosa.
Si tan sólo la señora Graham se marchase de vuelta al lugar de donde había venido… Si tan sólo las cosas volvieran a la normalidad…
Lanzó una rápida mirada a Charles. Él arqueó las cejas.
—¿Ya ha pasado el peligro?
—¿Qué peligro? —Emma frunció el ceño—. ¿A qué se refiere?
—Ha estado sentada ahí gruñendo y flexionando las manos. Temía que estallara en cualquier momento.
—No estaba gruñendo. ¡Qué absurdo!
—Lo estaba.
—No lo estaba. Ni siquiera sé gruñir.
—Bueno, a mí me sonaban como gruñidos. ¿Le gustaría decirme cuál es el problema?
—No. —Emma apretó los labios—. No hay ningún problema.
Charles suspiró.
—Imagino que tiene algo que ver con la señora Graham, pero francamente, no alcanzo a comprender de qué puede tratarse. A mí me ha parecido una dama perfectamente normal y respetable.
—¡Bueno, pues no lo es! —Emma asió con fuerza el brazo de Charles y lo sacudió—. Es una desvergonzada, una descarada.
—¿La señora Graham?
—Sí.
Siguieron su camino en silencio durante unos minutos. Emma hacía esfuerzos por controlarse. Temblaba por dentro.
—Está bien, Emma, me doy por vencido. No puedo imaginarme por qué puede ser descarada la señora Graham. Sé que no es de buena educación preguntar, pero de todos modos voy a hacerlo: ¿qué ha hecho?
—La hallé en el despacho besando a mi padre.
Recordaba la escena como si hubiese sucedido hacía un instante, aunque ya habían pasado dos meses desde aquel día en que, al entrar para hablar con su padre, lo había encontrado sentado en el sofá con la señora Graham. Desde entonces nunca olvidaba llamar a la puerta antes de entrar.
—¿Y…?
Lo miró. Él levantó las cejas.
—¿Qué quiere decir con «y»?
—¿Y qué más? Usted vio a su padre besando a la señora Graham, ¿y…?
—¿No es suficiente? Y en realidad no lo vi besándola pero era bastante claro que era eso lo que había estado haciendo. Ella tenía el cabello desordenado y el cuello del vestido desabotonado.
—Ya veo. Una demostración de mutuo afecto. Quizás de cariño muy grande. Han pasado… ¿cuántos?, ¿diecisiete años desde la muerte de su madre?
—No veo en qué cambia eso las cosas.
—¿Ha habido una serie de señoras Graham?
—¡Por supuesto que no! Mi padre es un hombre religioso.
—Precisamente. Entonces tal vez ya está listo para casarse de nuevo y se ha dado cuenta de que le gusta la señora Graham.
—Es demasiado viejo para casarse.
Emma hundió los dedos en el brazo de Charles. El solo pensamiento de la señora Graham mudándose realmente con ellos… Siempre habían sido sólo su padre, Meg y ella. Nadie más. Y así debía ser.
—Querida —dijo Charles, tomando las riendas con una sola mano y aflojando con suavidad la presión de los dedos de Emma sobre su brazo—, su padre no puede tener mucho más de cincuenta años. No es demasiado viejo.
—Pero no quiero una madre.
—La señora Graham lo sabe, estoy seguro. Usted tiene veintiséis años y Meg diecisiete. Es posible que ambas estén casadas antes de fin de año… al menos espero que usted lo esté. Conmigo. Entonces vuestro padre se quedará solo. Debería alegrarse de que haya encontrado a la señora Graham.
Emma le soltó el brazo. Sabía que él no lo iba a entender. ¿Cómo podría? Era hombre, después de todo.
—Yo no voy a casarme.
Él sonrió, desviando nuevamente su atención hacia los caballos.
—Tal vez no. Esa es una elección suya. Debe concederle a su padre igual libertad para elegir.
—Pero usted no lo entiende. Él es mi padre. Tiene obligaciones para con su familia.
—También es un hombre, querida mía.
Emma bajó la vista y se miró las manos.
—Pensaba que nos amaba a Meg y a mí. ¿Por qué la necesita a ella?
—Es otro tipo de amor, Emma. ¿Es que usted no comprende en absoluto las necesidades de un hombre? ¿Los deseos de un hombre?
La joven sacudió la cabeza. ¿Qué podía para un hombre ser más importante que sus propios hijos? Ella se había esforzado cuanto le había sido posible por ser una buena ama de casa, por ser una madre para Meg. ¿En qué se había equivocado? ¿Qué era lo que hacía falta?
—No —dijo ella—. No los comprendo. No los comprendo en absoluto.
—Entonces, amor mío, permítame explicárselo.
Capítulo 3
Este beso fue diferente. El primero había sido como un leve roce, fresco y seco. Éste era un beso cálido, húmedo. Charles inclinó la cabeza y posó su boca sobre la de ella, explorando con la lengua la unión de sus labios. Emma, sin aliento, abrió la boca y sintió deslizarse dentro la lengua de él.
¿Quién habría pensado que existían besos así? Ciertamente esto escapaba a su imaginación. Debería sentirse asqueada… pero no. En lo más mínimo.
Eran tantas las sensaciones. La lengua de él, llenándole la boca. La ligera fricción mientras avanzaba. La presión cambiante de los labios de él. Su olor, mezcla de jabón de afeitar y piel.
Dejó escapar un quejido cuando la lengua empezó a retroceder. Gimió al sentir que arremetía nuevamente dentro de su boca. Debió asirse del brazo de él para no caer del carruaje.
Jesús. Sentía latir su cuerpo en lugares que le habría avergonzado confesar. El corazón le palpitaba con fuerza. Cuando Charles finalmente, con mucha suavidad, la soltó, se estremeció y lo miró parpadeando. Sus labios mágicos sonreían, pero en su mirada ardía una especie de voracidad, una llama azul (seguro era el reflejo del fuego bajo la piel de ella).
¿Era eso lo que había visto en la terraza de Knightsdale tantos años atrás? Imposible. Aquella joven habría ardido en combustión espontánea, como Emma estaba segura de que ardería ella de un momento a otro.
—¿Qué es lo que acaba de hacerme?
—No todo lo que me hubiese gustado, querida.
Emma se veía deliciosamente aturdida. También él lo estaba. De no haberse agitado los caballos por el prolongado alto en el camino, no estaba seguro de cuándo se habría detenido. Y, sin duda, tenía que detenerse. Un carruaje abierto, en un camino público, no era el lugar para iniciar a una virgen en los placeres de la carne.
—La próxima vez que hagamos esto, cariño, no será en un carrocín con un par de purasangres amenazando con desbocarse.
—¿La próxima vez? ¿Acaso habrá una próxima vez?
—Oh, sin duda. Tan pronto como pueda hacer los arreglos del caso.
—¡Milord! —Su cerebro debía haber emergido finalmente del estupor sexual. Un cálido rubor coloreó sus mejillas de un rosa que le sentaba de maravilla. Se enderezó las gafas—. Sin duda esto es algo muy indecoroso.
—Mucho, estoy seguro. —Charles dibujó una amplia sonrisa—. ¡Pero qué delicia!
Ella giró para mirar directamente hacia delante.
—Creo que deberíamos regresar a Knightsdale.
Charles espoleó a los caballos obedientemente.
—¿No cree que ahora debería llamarme Charles, amor? El «milord» me suena un poquitín falso. Después de todo, acabamos de hacer algo un tanto íntimo.
—No lo veo así.
—¿No? Bien, ¿y usted cómo lo llamaría? Porque mi leng…
—¡Milord!
—Si no desea una descripción minuciosa de todo lo que acabamos de hacer, creo que haría mejor en comenzar a llamarme Charles. Y no es que me moleste describirlo.
—¡Milord, por favor!
—¿Que por favor continúe? Será un placer. De hecho, quizás también le diga exactamente lo que me gustaría hacer la próxima vez que tenga el placer de poner la len…
—¡Charles! —Emma gritó su nombre, apretándole el brazo y sacudiéndoselo.
—¿Lo ve? No era tan difícil, ¿verdad?
Ella apretó los labios.
—Creo que preferiría no hablar en lo que queda de viaje.
—Espléndido. Me entretendré imaginando todas las cosas deliciosas que podemos hacer juntos la próxima vez que tengamos la oportunidad.
La señorita Peterson no picó. Charles se contentó con imaginar cómo sería quitar, una a una, lentamente, todas las prendas que cubrían ese precioso cuerpo. Tenía muy buena imaginación. Cambió de posición en el asiento. Su imaginación era demasiado buena. Sería mejor que ocupa




