Un Peligroso Oponente
LOUISE ALLEN
Un Peligroso Oponente
1° de la Serie Ravenhurst
The Dangerous Mr. Ryder (2008)
ARGUMENTO:
La saga de los Ravenhurst, una familia muy poco convencional.
Él se había encontrado con la horma de su zapato.
Jack Ryder sabía que escoltar a, la altanera gran duquesa viuda Eva de Maubourg hasta Inglaterra no sería una tarea fácil. Pero en su condición de espía y aventurero se creía más que capaz de manejar a Su Alteza Serenísima.
Sin embargo, no estaba preparado para su belleza, su sinceridad, ni el modo en que se adivinaba la sensualidad a través de la fachada de frialdad. Y lo que empezó como una misión iría dando paso rápidamente a algo mucho más peligroso y personal.
CAPITULO 01
Siete de junio de 1815 por la noche.
Nadie le había dicho que era hermosa. Jack Ryder se agarraba precariamente al antepecho de una ventana de piedra situada a unos setenta metros sobre el lecho del río del fondo del barranco y miraba la habitación iluminada por velas. Dentro la mujer que le habían enviado a buscar paseaba por la estancia como una gata rabiosa.
Mantuvo la vista fija en la mujer del otro lado del cristal y se colocó mejor en el resbaladizo nicho. Abajo, el vacío más allá del castillo estaba inmerso en una oscuridad misericordiosa y el sonido del río llegaba muy apagado. Procuró no hacer caso de los fríos dedos de miedo que subían por su columna, pues sabía muy bien que, si daba rienda suelta a su imaginación, no podría moverse. Sus botas de tachuelas aplastaron la piedra y se quedó un momento inmóvil, pero ella no pareció oírlo.
Jack empezó a trabajar en el nudo que aseguraba el extremo de la larga soga que llevaba enrollada a la cintura. Cuando se hubo desenrollado, tiró de ella hacia fuera y la soga se soltó de la almena de arriba y cayó al vacío fuera de la vista.
Ahora su único modo de bajar era a través de esa ventana. A pesar de lo peligroso de su posición, Jack no tenía intención de cruzarla hasta que tuviera una oportunidad de apoderarse de la mujer. La mujer que le habían encargado que llevara de vuelta a Inglaterra por cualquier medio que considerara necesario, incluida la fuerza.
En Whitehall le habían explicado que era por el bien de la mujer y en interés de los dos países. Sus jefes habían hablado con el aire de hombres que se alegraban de no ser ellos los que tuvieran que intentar convencer a la mujer. Le habían dicho algunas cosas de su Serenísima Alteza la gran duquesa viuda Eva de Maubourg. Le habían dicho que era inteligente, testaruda, anti-napoleónica, altanera, independiente, difícil y exigente. Y mitad francesa.
No había salido del ducado desde su matrimonio y seguramente sería casi imposible moverla ahora, pero eso no le importaba; Jack estaba acostumbrado a que le pidieran cosas casi imposibles.
Pero no le habían hablado de su belleza morena, de su figura llena de curvas ni le habían dicho que tenía la gracia ágil de una pantera enjaulada. Y a Jack le costaba creer que pudiera ser madre de un niño de nueve años, aunque eso tal vez se debiera a los cristales gruesos de la ventana.
Ella estaba sola en la habitación y Jack había esperado ya bastante para asegurarse de ello. Cambió de posición y se esforzó por pensar en abrir la ventana y no en lo que ocurriría si perdía el equilibrio. La hoja fina se deslizó fácilmente entre la piedra y el marco. Por suerte, la ventana se abría hacia dentro. La abrió unos centímetros y esperó unos minutos para que no la asustaran una caída repentina de la temperatura o un golpe de viento. Si gritaba, aquello probablemente acabaría en un baño de sangre y él no tenía intención de que la sangre fuera suya.
La gran duquesa Eva dejó de pasear por la habitación y se sentó delante de un escritorio, de espaldas a la ventana y con la cabeza entre las manos. Jack pensó que quizá estaba llorando y se sobresaltó, con resultados potencialmente letales para él, cuando ella golpeó el escritorio con el puño y maldijo en un inglés colorido, que Jack sintió tentaciones de imitar.
Definitivamente, había llegado el momento de salir de allí. Se agarró al marco y entró en la estancia con los pies por delante. Era imposible que pudiera aterrizar en silencio en un suelo de piedra.
Ella se volvió en la silla con una mezcla de emociones en el rostro: sorpresa, miedo y, finalmente, cosa que lo dejó impresionado, una furia imperiosa que cubría todo lo demás. Tampoco le había dicho nadie que era valiente.
—¿Quién diablos sois vos? —preguntó con un inglés sin acento. Se levantó con altanería, como sí se levantara de un trono. Jack vio que tenía la mano derecha a la espalda y repasó en su memoria los objetos que había visto en la mesa. Ah, sí, el abrecartas. Una mujer de recursos.
—Habláis un inglés excelente —comentó él.
Sabía que era mitad inglesa, así que aquello era de esperar, pero resultaba menos agresivo empezar la conversación así que exigiéndole que soltara el abrecartas—. ¿Pero cómo sabíais que os entendería?
Ella lo miró de hito en hito. Jack vio unos ojos oscuros, cejas finas y elegantes arqueadas con desdén, una boca roja y plena que traicionaba más pasión de la que probablemente ella quería dejar entrever y un rizo moreno que escapaba de su tocado y caía sobre su hombro blanco. Miró sus ojos y procuró no pensar en la sensación que produciría tocar aquel hombro.
—Me llamaréis Alteza Serenísima —dijo ella con frialdad—. Estaba pensando en inglés —añadió como sin darse cuenta.
—Alteza Serenísima —él hizo una reverencia, muy consciente de su atuendo. Iba vestido para el objetivo de bajar por las paredes del castillo, no para hacer reverencias, pero consiguió hacerla con una gracia que hizo que ella enarcara las cejas, sorprendida.
—Me llamo Jack Ryder —había pensado si decirle o no su verdadero nombre y decidido que no. Su nombre de guerra sería más seguro si resultaban capturados.
—¿Entonces sois inglés, señor Ryder?
—Sí, señora.
—¿Y no habéis venido a matarme?
Eva vio achicarse los ojos grises que la habían observado con lo que sólo podía describir como respetuosa insolencia. No había absolutamente nada en la expresión de aquel Jack Ryder que pudiera ofenderla, pero conseguía que fuera muy consciente de su feminidad y de la apreciación de esa feminidad por parte de él. Parecía que hacía mucho tiempo que nadie la había mirado de aquel modo y más tiempo aún que a ella no se le aceleraba el pulso en respuesta.
Consiguió controlar la respiración con un esfuerzo y flexionó los dedos con los que sujetaba el abrecartas. Si era inglés, resultaba muy improbable que supusiera un peligro, pero, después de lo ocurrido el día anterior, no podía permitirse correr riesgos. Y aquella entrada poco convencional a través de la ventana sólo podía significar problemas.
—No, señora. No he venido a mataros.
El se había recuperado bien de la sorpresa. ¿Por qué no le había preguntado a qué se refería?
Eva lo observó mientras valoraba las implicaciones de esa idea. Era unos años mayor que los veintisiete de ella, pero joven aún. Delgado, moreno, de ojos grises y con un control bastante bueno de su cuerpo, que se notaba en su modo de entrar allí, y de su rostro. Se lo imaginó sin problemas con una espada en la mano; tenía postura de esgrima. Después de su primera reacción de sorpresa a la pregunta de ella, ahora no dejaba traslucir emociones.
—Convencedme —dijo ella, con la esperanza de que él no notara el temblor que hacía vibrar el dobladillo de su vestido—. Si no lo hacéis, gritaré y habrá aquí dos guardias en cuestión de segundos.
El sacó una pistola de uno de los bolsillos.
—Y uno de ellos morirá enseguida. Eso no es necesario, señora —volvió a meter la pistola al bolsillo—. Estoy aquí por encargo del gobierno británico. El padrino de vuestro hijo es de la opinión de que sería mejor para el joven gran duque que estuvierais con él.
—¿El príncipe regente? Apenas si ha mostrado algún interés por Fréderic desde que escribió para enviarle su regalo de bautismo —le habría gustado moverse, pero la necesidad de mantener oculto el abrecartas la tenía clavada a la mesa.
—De todos modos, señora, el gobierno británico está pendiente del ducado de Maubourg y de sus asuntos y lo ha estado desde que estalló la guerra. Tener un país neutral incrustado en Francia sólo puede ser un gran activo diplomático, por muy pequeño que sea el país.
—Por supuesto —Eva se encogió de hombros con negligencia. No le decía nada que ella no supiera ya.
—Presumiblemente seréis consciente de que mi difunto esposo hizo todo lo que pudo por mitigar la situación actuando como intermediario. Se oponía a los franceses, naturalmente, pero era demasiado realista para pensar que podría resistir activamente.
—Creo que conocisteis al difunto gran duque en Inglaterra.
Ryder cambió de postura y registró con la vista los rincones de la habitación. Ella percibió que era más por precaución natural que porque buscar algo concreto. Que conociera su historia no probaba que hubiera recibido un en




